En medio de este sentimiento que afecta al país, surge sin que pueda ser aplacado o calmado el tema de la muerte. Y creo que no es un despropósito referirse a ella, precisamente en estos momentos de dolor. Es parte de nuestra condición de ser humano.
Porque aunque sea algo que a todos nos va a ocurrir, cuando llega así de manera imprevista, de forma violenta e implacable, nos damos cuenta que, -pese a todo lo que tengamos, a nuestros proyectos y como vivimos la vida-, somos criaturas frágiles frente a esta realidad tan radical. Somos humanos, entre otras cosas, porque somos mortales.
La muerte es una realidad radical, según una extensa reflexión del filósofo Eugenio Trias. Es la única certeza, lo que sabemos está ahí presente: "nos oprime la muerte: su inminencia (lejana, cercana), su fecha incierta, su inevitabilidad, su carácter fatal, necesario, imposible de soslayar, imposible de obviar, o de olvidar...."
Procuramos organizar nuestra vida diaria a sus espaldas, pero ahí está. Somos humanos porque somos mortales, y no está en nuestras manos abolir o mitigar la muerte. "Somos humanos, vamos a morir, es nuestra única ciencia exacta" (Trias, por qué necesitamos la religión).
Pero aún viviendo con esa certeza, nos atrevemos a vivir. A vivir esta aventura cotidiana, como la aventura que vivieron los tripulantes hacia la Isla Juan Fernández. La vida misma es como un poema épico donde solemos todos los días salir victoriosos, para vivir otro día y repetir sus capítulos.
Y como en una sucesión con límite al final de los días, lo mejor parece ser vivirla, pero hacerlo intensamente. ¿Qué tan intensamente? Ahí está el núcleo de esta aventura de vivir, que el saber que precisamente este límite nos catapulta a comprender, conocer, expresarnos, querer, hacer: querer hacer sin límites, ayudar a los demás sin importar las dificultades, comunicar, moverse y cumplir el deseo que llevamos dentro.
Y tal vez parte del absurdo o lo irracional de la vida sea precisamente eso. La realidad radical de la muerte está en cada esquina, tiene fecha incierta, dispara a quemarropa. Igual como nos vino el disparo de la vida, porque ninguno eligió estar acá cuando se hizo el milagro de existir. Y no sabemos cómo y cuándo vamos a partir. Cuando parte gente como la de la tragedia de Juan Fernández, volvemos a pensar en este límite de morir. Pero quizás un legado de esta tragedia sea que esta reflexión no sea para quedarnos inmóviles, en actitud de resignación, sino precisamente para impulsarnos, un acicate a cada día vivir el ahora, cada segundo, con la mayor intensidad.
La muerte es una realidad radical, según una extensa reflexión del filósofo Eugenio Trias. Es la única certeza, lo que sabemos está ahí presente: "nos oprime la muerte: su inminencia (lejana, cercana), su fecha incierta, su inevitabilidad, su carácter fatal, necesario, imposible de soslayar, imposible de obviar, o de olvidar...."
Procuramos organizar nuestra vida diaria a sus espaldas, pero ahí está. Somos humanos porque somos mortales, y no está en nuestras manos abolir o mitigar la muerte. "Somos humanos, vamos a morir, es nuestra única ciencia exacta" (Trias, por qué necesitamos la religión).
Pero aún viviendo con esa certeza, nos atrevemos a vivir. A vivir esta aventura cotidiana, como la aventura que vivieron los tripulantes hacia la Isla Juan Fernández. La vida misma es como un poema épico donde solemos todos los días salir victoriosos, para vivir otro día y repetir sus capítulos.
Y como en una sucesión con límite al final de los días, lo mejor parece ser vivirla, pero hacerlo intensamente. ¿Qué tan intensamente? Ahí está el núcleo de esta aventura de vivir, que el saber que precisamente este límite nos catapulta a comprender, conocer, expresarnos, querer, hacer: querer hacer sin límites, ayudar a los demás sin importar las dificultades, comunicar, moverse y cumplir el deseo que llevamos dentro.
Y tal vez parte del absurdo o lo irracional de la vida sea precisamente eso. La realidad radical de la muerte está en cada esquina, tiene fecha incierta, dispara a quemarropa. Igual como nos vino el disparo de la vida, porque ninguno eligió estar acá cuando se hizo el milagro de existir. Y no sabemos cómo y cuándo vamos a partir. Cuando parte gente como la de la tragedia de Juan Fernández, volvemos a pensar en este límite de morir. Pero quizás un legado de esta tragedia sea que esta reflexión no sea para quedarnos inmóviles, en actitud de resignación, sino precisamente para impulsarnos, un acicate a cada día vivir el ahora, cada segundo, con la mayor intensidad.
